El análisis

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– ¡No por favor, no me haga daño! – suplicó en un susurro, con la voz entrecortada, ahogada por el miedo.

Pero sus palabras no causaron el efecto deseado por ella. Al contrario, aquel hombre, vestido completamente de blanco, se acercaba lentamente, con el arma en su mano derecha, impasible, dibujando una débil sonrisa en su rostro. Una sonrisa que denotaba placer e impasibilidad.

Estaba paralizada. Sentía una fuerza extraña que le sujetaba los brazos, las piernas, su cuerpo entero y, por un momento, su corazón.

Y él se acercaba inmutable, despacio, convencido.

– ¡No, no! Por favor, no, poor favooor, nooo, nooo – la voz de la mujer era cada vez más débil, más apagada. Pero ya no por miedo, sino por falta de convencimiento. No se lo podía creer. Aquella sonrisa le había resultado atractiva. Pero no sólo su sonrisa; los ojos rasgados, protegidos por unas frondosas pestañas, la nariz recta y fina, los labios carnosos, su tez morena…

Frente a aquel hombre, conocido en el barrio como “el perforador”, se agolparon multitud de sensaciones. Había dejado de tener miedo, de sudar, de retener las lágrimas en sus ojos. Había sucumbido a lo irremediable.

– Ya está – dijo el hombre con una sonrisas más amplia. – ¿A que no le he hecho daño?

Ella sonrió coqueta. No, no le había hecho daño. No había sentido nada, excepto un ligero placer ante el contacto de su mano al ponerle la tirita sobre el pequeño agujero que había hecho la aguja en su vena.