Releyendo a Jane Austen (2)

Elizabeth Bennet y el moderno personaje femenino.Tras el post anterior –Releyendo a Jane Austen (1)– y después de un deprimente repaso a lo que han sido los personajes femeninos en siglos de literatura (en mi blog), llegamos a Elizabeth Bennet, protagonista de Orgullo y Prejuicio,  de Jane Austen.

Si bien puede que no sea el primer personaje femenino moderno -no los conozco todos, claro está- sin duda fue de los primeros. La novela fue escrita a principios del siglo XIX y Elizabeth es, sin duda, el personaje más completo de todos. ¿Por qué moderno? Para empezar, rompe todos los estereotipos que habían puesto sobre el tapete la mayoría de los personajes «mujeres» en la literatura. Ante todo, lo que destaca de Elizabeth, es, sin duda, su inteligencia y su agudo ingenio que demuestra en cada diálogo.

Como prometía en el post anterior, extraigo como ejemplos trozos de diálogos de la novela:

(Extracto del capítulo 6: En un baile del capítulo 3, Darcy ha rechazado bailar con Elizabeth, y ahora un vecino -Sir William- insiste a Darcy para que invite a una Elizabeth aún molesta por la afrenta anterior)

-Señor Darcy, permítame que le presente a esta joven como excelente pareja de baile. no podrá usted negarse, estoy seguro, teniendo delante tanta belleza -y, tomando su mano, Sir William se la habría cedido al señor Darcy (quien, aunque extraordinariamente sorprendido, la habría aceptado) de no ser porque ella retrocedió de inmediato.

-Perdóneme, pero no tengo la menor intención de bailar -le dijo a Sir William, algo incómoda- Le ruego que no suponga que he venido en esta dirección con intención de buscar pareja.

El señor Darcy, con gran dignidad y corrección, pidió que se le concediera el honor de su mano; pero fue inútil. Elizabeth se mantuvo firme en su negativa, y tampoco bastaron para convencerla los esfuerzos de Sir William.

-Baila usted tan bien, señorita Elizabeth, que es una crueldad negarme el placer de verla; y si bien a este caballero no le gusta en general esta diversión, no pondrá ningún inconveniente, estoy seguro, a complacernos por espacio de media hora.

-El señor Darcy es un dechado de cortesía- dijo Elizabeth sonriendo.

Sí, ironía. Toda la que Jane Austen es capaz de imaginar -y es una maestra- escapa por boca de Elizabeth. ¿Decía antes que Elizabeth destacaba por su inteligencia? Sí, y por su personalidad: decidida, irónica, orgullosa.  De hecho es muy posible que sea el primer personaje femenino que enamora a un hombre en una obra literaria, no gracias a su belleza, sino a su inteligencia.

Antes de tener esta breve conversación con Elizabeth, esto era lo que Darcy opinaba de ella:

(Capítulo 3)

-Exactamente detrás de ti-(le decía a Darcy su amigo Bingley)- está sentada una de las hermanas de Jane, que es también muy hermosa, y me atrevería a decir que muy simpática. Déjame que le diga a Jane que os presente.

-¿A quién te refieres?-volviéndose, el señor Darcy contempló por un momento a Elizabeth, hasta que, al tropezar con su mirada, apartó la vista y dijo con frialdad- No me parece mal, pero no es lo bastante guapa para tentarme.

Y justo unos momentos después del encontronazo anterior (cuando Elizabeth le rechaza con tanta ironía), la reacción de Darcy es: (hablando con la Srta Bingley):

(Capítulo 6)

– … me ocupaba de cosas mucho más agradables. He estado meditando sobre el gran placer que pueden proporcionar unos ojos hermosos en el rostro de una mujer bonita.

La señorita Bingley alzó la vista, rogándole que le dijera qué dama le había inspirado tales reflexiones.

-La señorita Elizabeth Bennet.

Más aún llama su atención, cuando pasan unos días en la misma casa. Elizabeth tiene opiniones propias respecto a cualquier tema y -lo que es más sorprendente- las hace públicas (con educación y respeto) en cualquier ocasión. Incluso si contravienen a personas de rango o clase social superior. Hasta el extremo de tomarles el pelo (cosa inimaginable para otras mujeres, como la Srta. Bingley)

(Capítulo 11: después de que Darcy dice que se va a quedar sentado para contemplar a Elizabeth y a la Srta. Bingley mientras ellas dan un paseo.)

-¡Qué vergüenza, señor Darcy! -exclamó la Srta. Bingley- Nunca he escuchado nada tan abominable ¿Cómo le castigaremos por semejantes palabras?

-Nada más fácil -dijo Elizabeth- Tómele el pelo, ríase de él. Puesto que son amigos íntimos, debe usted saber cómo se hace.

-Le aseguro que no lo sé. Nuestra intimidad no me ha enseñado eso. (…) En cuanto a reírnos, será mejor no ponernos en evidencia tratando de hacerlo sin éxito. El señor Darcy podría felicitarse por ello.

-¡No reírse del Señor Darcy! -exclamó Elizabeth- Privilegio sin duda poco frecuente y espero que siga siéndolo, porque consederaría una gran pérdida tener muchos conocidos que lo reclamaran. Me encanta reír.

(…)

-Siempre me he esforzado -dijo Darcy- por evitar las debilidades que a menudo exponen al ridículo a una persona inteligente.

-Como la vanidad y el orgullo- añadió Elizabeth.

-Sí, la vanidad sin duda es un defecto. Pero el orgullo…  si realmente existe inteligencia, el orgullo estará siempre bajo control.

Elizabeth se volvió para esconder una sonrisa.

Además, el pesonaje manifiesta signos de independencia frente a la sociedad y a sus padres, negándose a algo tan habitual en aquella época como aceptar una oferta de matrimonio de alguien que está en una buena posición social (el viscoso señor Collins):

(Capítulo 19)

-Va usted demasiado deprisa, señor mío- exclamó Elizabeth- Olvida que no le he respondido aún. Permítame hacerlo sin mayor dilación. Acepte mi agradecimiento por el cumplido que me hace. me doy cuenta del honor que supone su ofrecimiento, pero me es imposible aceptarlo.

-Ya había llegado a mi conocimiento- replicó el señor Collins, con un ceremonioso ademán- que es habitual entre las jóvenes rechazar la petición del hombre al que, en secreto, se proponen aceptar; y a veces la negativa se repite una segunda y una tercera vez. En consecuencia, no me siento en absoluto desalentado por lo que acaba usted de decirme, y espero llevarla al altar en poco tiempo.

-Le aseguó señor mío- dijo Elizabeth- que su esperanza está desprovista de todo fundamento. Créame si le digo que no soy una de esas jóvenes (si es que existen) que tienen el atrevimiento de poner en peligro su felicidad por darse el gusto de recibir una segunda declaración. Mi negativa es totalmente sincera.

Elizabeth se enfrenta a las convenciones sociales de la época, lo hace con elegancia y con decisión, muestra su inteligencia y su opinión -es cabezota algunas veces- sea cual sea el escenario y los acompañantes. Por eso, me hace gracia que críticos actuales, como el muy encumbrado Harold Bloom alaben que Jane Austen «no sea feminista«, y que se limite a describir las situaciones, en lugar de «hacer un libelo» en pro de la igualdad de la mujer, como «las feministas actuales…» (Cómo leer y por qué, Anagrama).

Para ser tan inteligente en algunos aspectos, el señor Bloom parece singularmente obtuso para otros. Cada época tiene sus propias reivindicaciones y sus formas de expresarse… Cuando Orgullo y Prejuicio fue escrito, faltaba más de medio siglo para que se publicara la primera Reivindicación de los derechos de la mujer, y siglo y medio para que se empezara a pedir el voto femenino.

Sin duda hubiera quedado terriblemente fuera de lugar que, por ejemplo, a Elizabeth Bennet le diera por prender fuego a su corsé para manifestar su opinión sobre el matrimonio concertado.

Elizabeth protesta -y, por boca de ella, Jane Austen- como puede hacerlo; no olvidemos que, además, se supone que pretende que le publiquen el libro. Y, aún así, todo el carácter de Elizabeth, todo lo que le va ocurriendo, es una calmada protesta. Y las hay más directas: desde el comienzo de la novela se habla de que la hacienda donde viven los Bennet -la familia protagonista- está «vinculada» a un descendiente masculino; es decir, sólo un hombre puede heredarla (era muy común en aquella época).

Los Bennet han tenido cinco hijas…  por eso, la sra Bennet llega a decir:

(Capítulo 23)

– (…) ¿cómo cabe en la conciencia de nadie vincular una propiedad, arrebatándosela a una de sus propias hijas? No me cabe en la cabeza.

Y, más adelante, la poderosa y arrogante Lady Catherine De Bourgh:

(Capítulo 29)

-(…) En general, no veo motivo alguno para vincular propiedades prescindiendo de la línea femenina. En la familia De Bourgh nunca se ha creído necesario.

Si eso no es una protesta, baje Jane y lo vea.

Diana P. Morales
http://www.portaldelescritor.com/blog

Leer también: Releyendo a Jane Austen (1)

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