Arreglarse con hijos

Nunca pensé que sería capaz de sacarle tanto partido al tiempo, al que tengo y al que no tengo.

La maternidad me ha proporcionado una cantidad de experiencias maravillosas y unas habilidades que no sabía que tenía.

Siempre me ha gustado ir algo arreglada; un poco de colorete, unos pendientes a juego con el jerséi, el pelo bien peinado… (bueno, bien peinado al menos para mí, aunque nadie más pueda ver la diferencia entre el peinado que llevo ahora y el de antes con un mechón ligeramente desplazado).

El tener hijos ha hecho que todas mis manías y mis exigencias estéticas hayan quedado relegadas y no porque cambian las prioridades, que también, sino porque tienes que administrar tu tiempo. Ya no puedo pasarme largos minutos frente al armario eligiendo la mejor opción ni luego probar todos los modelitos que he ido seleccionando. Tampoco puedo gastar el tiempo secándome el pelo dándole forma con el cepillo, imitando, sin conseguirlo, la técnica de las peluqueras. Y, el colorete o el rímel, he tenido que aprender a ponérmelo mientras sostengo en brazos a un bebé.

En mi caso, durante los primeros meses de crianza, siento más emoción eligiendo el conjuntito que le voy a poner al bebé entre las muchísimas cosas que le han regalado, que escogiendo mi atuendo. Además, si ere madre trabajadora, sabes que dispones de, al menos, 16 semanas para acostumbrarte a la nueva incorporación. Tienes un horario flexible y tus obligaciones se centran en el bebé, siempre y cuando estemos hablando del primer hijo.

Cuando vuelves al trabajo o tienes que cumplir los horarios marcados por el hijo o la hija mayor, entonces la cosa se complica. Y es cuando tienes que aprender técnicas de malabarismo. Descubres que no necesitas estirarte el párpado para ponerte la raya, o que si dejas el pintalabios sin tapar tiene un acceso más rápido y cómodo (cosa que también descubren tus hijos), pues luego sólo necesitas una mano para aplicártelo. También averiguas que la intimidad en el baño no es tan necesaria, o que puedes vestirte mientras hablas por teléfono (con el riesgo de sufrir una tortícolis o que pierdas el móvil por una manga de la blusa. En ese caso, sólo te queda aprender a hablar por el sobaco).

Y, en los días de más estrés, también descubres que no es tan grave salir de casa corriendo y olvidar quitarte las zapatillas o el batín. Es una de esas anécdotas que pueden ocurrir al arreglarse con hijos.