La ropa interior femenina tiene una influencia muy fuerte en el ser humano. Surgió hace doscientos años por simple necesidad. Los primeros taparrabos fueron creados para proteger las partes íntimas y delicadas, los cuales, con el tiempo fueron refinándose y suavizándose con la aparición del algodón y el lino, sustituyéndose por las faldas atadas a la cintura.
Hacia la Edad Media, eran muy comunes los calzones de castidad, usados por las mujeres para asegurarse los señores que iban a las Cruzadas de la fidelidad de estas hacia ellos.
Al final del siglo XIX y principios del XX, fue cuando las mujeres se “apropiaron” de las prendas interiores para hacerlas sensuales, es decir, con la función de estrechar sus cinturas y ensalzar sus senos. Los perjudiciales corpiños eran muy comunes, utilizándose para apretar los pezones redondeando así los senos. Hasta que se descubrió que podían dañar los órganos internos de las largas horas de su utilización. Las clases sociales no se diferenciaban por la indumentaria, más bien, por la calidad de materiales y la ornamentación.
La sexualidad está unida al 1000% a la ropa interior. Hacer el amor con el típico conjunto o algo especial, proporciona más excitación, pues cambia la perspectiva de la mujer, haciéndola más sensual.
La lencería femenina tiene una carga erótica y sexual que la asocia con la coquetería y la sexualidad general, es como un dulce que hace salivar.
Su principal función e idea para los diseñadores, ha sido siempre buscar la perfecta figura de la mujer.
Fuente: Wikipedia