Mujeres espía 5

El siglo XIX

El siglo XIX es la época en que nació el espionaje moderno de la mano de Joseph Fouché, político francés que, cuando fue nombrado ministro de la Policía, en 1799, tejió por toda Francia una eficaz red de agentes profesionales que puso al servicio del golpe de estado que llevó al poder a Napoleón Bonaparte.  Como recompensa, Napoleón mantuvo a Fouché al frente de la policía, lo que significaba que, durante las largas ausencias del emperador, ocupado en misiones bélicas y diplomáticas, Fouché controlaba el poder en Francia. Muchas mujeres hicieron de informadoras para Fouché, desde criadas a grandes damas, entre ellas la propia Josefina, ya que el ministro de policía vigilaba hasta al mismo Napoleón.

Sin embargo, la espía más famosa del siglo XIX fue una italiana, Virginia Oldoini, Condesa de Castiglione (Florencia, 22 de marzo de 1837 – París, 28 de noviembre de 1899).  Casada a los diecisiete años con el conde Francesco Verasis de Castiglione, había nacido en una familia de la nobleza menor de la Toscana y recibió una esmerada educación (podía hablar cuatro lenguas fluidamente y dominaba la música y la danza) y pronto destacó por su notable belleza, por lo que fue conocida como La Perla d’Italia.

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Era prima del conde de Cavour, primer ministro del rey Víctor Manuel II de Cerdeña y el Piamonte, que, conocedor de la debilidad de Napoleón III de Francia por las mujeres hermosas, la convenció para que fuera a París en calidad de espia, con la misión de seducir al emperador francés y utilizar su ascendiente para convercerle de que le convenía atacar a Austria.  De esta forma, pensaba Cavour, los austríacos abandonarían sus territorios italianos y la casa de Saboya se impondría en toda Italia.

Virginia tuvo éxito en su misión, aunque su vida parisina terminó pronto. Unos dicen que fue el marido celoso quien la devolvió a su jaula dorada, otros que Napoleón III descubrió los intereses políticos de su bella amante. El caso es que la condesa regresó a Italia y fue privada de todo contacto social. Conforme fueron pasando los años, la condesa fue cayendo en el olvido, aunque su belleza será siempre recordada gracias a las centenares de fotografías que le hizo Pierre Louise Pierson. 

Pero donde realmente se demostró la eficacia de las mujeres como espías fue en la Guerra de Secesión americana (1861-1865) en la que, de forma similar a lo que había ocurrido en la Guerra de Independencia, las mujeres hicieron de espías para ambos ejércitos. Muchas damas sureñas de familias acomodadas aprovechaban sus amplias faldas para ocultar armas, documentos, uniformes y otros materiales útiles a los soldados. Entre ellas, destaca Elizabeth van Lew, la Loca Bet, que escudándose en el carácter excéntrico que le atribuían sus vecinos y que ella fomentó paseándose despeinada y con ropa raída, hablando y riéndose sola, controló una de las más efectivas redes de espionaje al servicio de la Unión, ante las mismas narices del gobierno confederado.  Su mayor logro fue infiltrar a una de sus antiguas esclavas como criada en la Casa Blanca confederada, donde vivía el presidente Jefferson Davis.  Después de la guerra, se instaló en Richmond, donde pasó el resto de su vida condenada al ostracismo ya que la sociedad sureña nunca le perdonó su traición.

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