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En casa de la Gioconda

El sábado pasado salí a comprar una olla express Magefesa, que dicen que son las mejores. Por el camino pasé junto a un quiosco y vi un muestrario de revistas de hogar y decoración. Opté por la que me pareció más acorde a mi estilo y mis necesidades. Qué emoción, prometía resolver problemas en casas pequeñas.El camino hacia el centro de menaje era largo así que pude deleitarme con sofás de blanco impoluto, alfombras beige, mesitas de madera de mango, sillones con aire inglés… Oh! y flores, muchas flores. Tulipanes, hibiscos y campanillas siempre frescas y risueñas.

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 Miré los precios. Sentarme en un Spencer eran ochocientos euros. Reposar mis pies  en una banqueta me iba a costar doscientos noventa. Colocar una pérgola sobre el geranio de la cocina, mil seiscientos y un dosel, que incluía visillos y cortinas, quinientos. No me inquieté. La primera parte sería para los que tienen posibles y habrían dejado las últimas páginas para los hogares de sesenta metros. Avancé unas coloridas hojas más. Una vivienda particular. Bien, vamos bien. Vaya estudio…  ¡Ah, no! ¡que es sólo el salón!.  ¡Anda!, la dueña.  Qué mona posando sonriente con sus retoños vestidos de azul, con su camisita y su canesú. Un momento, les pasa algo. Esto no es normal. Tengo la impresión de que quieren evitar un ataque de infancia que pueda manchar el Spencer. Tras ellos, un gran mirador que anunciaba tilos y abedules. Un suspiro. «Qué vida tan pausada y armoniosa», pensé.

Solo faltaban tres páginas para terminar y en ellas por fin el reportaje que esperaba: Cómo aprovechar el espacio al máximo. Soluciones: haz una librería en el tabique de una pared. Miré la loncha a la que debían referirse y pasé de página. Para tener todo en orden, coloca un baúl a los pies de la cama. Lo deseché. El salto de tal mueble aun no está considerado deporte olímpico. Para guardar las mantas y demás enseres, puedes construir un mueble en el hueco de la escalera. Me planteé preguntar a los vecinos si podíamos hacer una derrama para tal fin. Directorio de tiendas.

Cerré la revista y me sonreí de medio lado. Tres paradas para Menaje del Hogar. Tres pasos para la olla express.Tres minutos para volver a la realidad. Adiós mesita de palisandro. Hasta pronto bureau. Ciao dosel. Me noté el ceño fruncido y acepté que algo en mi interior comenzaba a crecer. Una impotencia disfrazada de envidia y también viceversa. Bueno, si yo solo quería mirar un poco para tomar ideas. Además, las flores eran…  eran de plástico, que se notaba a la legua. Está claro que nadie puede tener caléndulas naturales a diario. Los sillones claros quién los quiere por Dios, si no duran nada limpios. Pensándolo bien los árboles solo traen bichos, el dosel agobia y una casa tan grande es un infierno para mantenerla acondicionada. «Parque Oeste», mi parada.

 Debía levantarme pero cierta pesadumbre no me lo permitía. Me reincorporé con lentitud y la cabeza gacha. La puerta se abrió y fue entonces -justo antes de salir- cuando se me vino a la mente como una luz difusa y agradable, la sonrisa de aquella mujer. Corroborado con saliva de pobre: la mueca no era sincera. Era la sonrisa de Monalisa, que esconde la incertidumbre, la posible -pero no segura- felicidad que da el dinero.

Salí del metro con la revista doblada entre las manos. Mientras más pensaba en aquella Gioconda, más la arrugaba. Subí las escaleras tragando saliva.Poco a poco fui levantando la cabeza y enderezando la espalda. Había que soltar lastre. Sí, soy de la clase Ikea y a mucha honra. No tengo casa en la Moraleja ni una vida zen, acompasada y diez. Mis sofás son de color sufrido porque tengo un hogar que se mueve, que mancha. No vivo en un museo. Quizá tampoco deba ser así. Y lo que es mejor: sé defenderme en un mundo de lucha diaria.  

Envalentonada y altiva abandoné la estación con la idea de tirar a la papelera las cosas de casa diez. De todas formas, ya eran un manojo de papeles.

Unos pasos más y llego a la tienda. Cómo pesa. En efectivo, por favor. Su cambio, gracias.

Una vez fuera, cuando ya tengo la Magefesa entre mis manos, comienzo a cantar por lo bajini toda orgullosa:

«Los gin-tonic en el césped se acabaron ya del to’, si no das un palo al agua ese es tu problema. Aquí no se viene a hacer medicina de salón. Todavía no has llegao’ y ya te quiere’ ir por peteneras.

Ulises ten cuidao, que te va’ a quedar chalao’. Tú no va’ a salir del barrio. Ulises ten cuidao, que te va’ a quedar chalao…»

-¡Chica, chica! -oigo a una señora- Toma, se te ha caído una hoja del bolsillo. Anda, a mí también me gusta esa revista. ¿Cuándo sale?

«…tú no va’ a salir del barrio.»

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