Mujeres espía 2.

La antigüedad

El espionaje ha sido llamado «la segunda profesión más antigua del mundo», y es que ya para las primeras agrupaciones humanas era de vital importancia conocer de antemano los planes y el armamento con que contaban sus enemigos. Las mujeres siempre jugaron un papel destacado a la hora de obtener esta información, aunque su relevancia en este campo era tan menospreciada como el resto de sus actividades.

Las mujeres, por supuesto, no formaban parte del aparato militar ni de las estructuras de poder, así que no contaban como espía más que de una manera marginal y esporádica, generalmente contratadas o utilizadas para operaciones muy concretas en las se utilizaban  ocupaciones tipicamente femeninas para acceder al circulo íntimo del contrario.

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 Las sirvientes eran generalmente esclavas, por eso no es de extrañar que escuchasen las conversaciones de sus amos, convenientemente ocultas en un rincón o tras una cortina, para luego transmitir la información de relevancia así obtenida. También las adivinas y las curanderas que circulaban de ciudad en ciudad obtenían a menudo las confidencias de personajes importantes.

Pero el mayor número de mujeres espías se daba entre las prostitutas y las cortesanas. Ya hemos hablado de los templos-burdel instalados por los fenicios en los puertos bajo su control, pero no fueron los únicos en aprovechar la lujuria para sus fines. Chanakya (c.35o-283 a.C.), el creador del más grande imperio indio, empleaba las llamadas visakanyas (doncellas envenenadoras), jovencitas cuyo cuerpo era impregnado con veneno que se transmitía con el solo contacto de su piel, cuando quería librarse de algún rival político. 

De hecho, la espia más famosa de la antigüedad es Dalila, la cortesana a quien los filisteos encargaron que averiguara el secreto de la fuerza de Sansón.  En la biblia  también se cita a otras mujeres que realizaron labores de espionaje, como Judith, la que cortó la cabeza a Holofernes, pero en este caso, dado que actuaba en beneficio de Israel, el personaje ha pasado a la historia como una heroína, mientras que la pobre Dalila se ha convertido en el epónimo de mujer traicionera y astuta.  Una doble moral muy frecuente en el espionaje.

Ver también:

Mujeres espía 1.

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