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¡No tengo miedo!

Hacer cola en el súper porque sólo podemos ir a comprar a partir de las 7 de la tarde. Y en la tele, crisis. La ansiedad de no llegar a fin de mes porque nos han recortado el sueldo. Y en la radio, crisis. Pedir un día de fiesta sólo para poder ir al médico. Y en las conversaciones, crisis. Llevar los hijos al cole. Crisis. Una pelea con la pareja. Crisis. Hacer lavadoras. Los recibos. La hipoteca. Y los niños que gritan… ¡Basta!

Ser grande es muy complicado. Obligaciones y pocas recompensas en un entorno gris, casi negro, donde la negatividad y el pesimismo imperan en tantas interacciones sociales, laborales, personales… La ilusión la tenemos escondida en una caja fuerte la clave de la que hemos lanzado al mar, un mar donde nos negamos a bucear porque es demasiado frío y porque tenemos que hacer la digestión antes de bañarnos. Pues yo este fin de semana he buceado y he encontrado la caja. Hacía años que no la veía.

En medio de las caras de los grandes, en modo stand-by, seguramente cansados ​​de buscar aparcamiento, hacer cola o pedir permiso para abrirse paso entre las aglomeraciones que poblaban en las fiestas que organizaban las televisiones comarcales, (en mi zona, Babalá),  había otras caras, un metro más abajo, que transmitían todo lo contrario.

Me acordaré mucho de la niña que me ha cogido la mano espontáneamente sólo porque le he preguntado si quería que le hiciéramos una entrevista, de la emoción que imprimía en las respuestas desvencijadas, expresadas con un orden gramatical que ni hecho expresamente, de la mirada vergonzosa de aquel chiquillo que se escondía en la pierna de su madre tras rechazar salir en la tele, 20 segundos después de pedir precisamente salir en ella, de las bromas que siguen generando el mismo efecto sorpresa la decimocuarta vez que les repites, de la cara de bobos que ponían todos en las gradas mirando como actuaban sus ídolos que siempre habían visto en dos dimensiones, ahora de carne y hueso, de las gargantas estridentes, que nunca habían marcado tantas venas como hoy.

Afortunadamente, muchos padres los observaban, compartían el estado pletórico de sus hijos y, por unos instantes, se olvidaban de la mochila de responsabilidades que cargamos los adultos. Relacionarse con los niños es desenvolverse de todos los complejos que tenemos, es quitarnos la máscara del personaje adulto que nos hemos configurado, es detener el tiempo por un momento y ponerte a su lado, de rodillas, claro, para estar a su altura.

Recomiendo esta práctica al menos una vez al día. No hay que tener niños ni ir a jugar con ellos, tan sólo hay que enterrar el miedo, coger la llave y abrir de nuevo la puerta al niño que todos hemos sido alguna vez, darnos una golosina y disfrutar como si fuera la primera vez. Se nos arronzará la barriga, se nos pondrá la piel de gallina y el corazón se nos disparará. Recuperar esa sensación de que bautizamos como ‘me lo he pasado como un crío’ hará que la vida pase más alegremente. La infancia no es una etapa de la vida, la infancia también debe ser una actitud.

Fuente: propia


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