Un día en la peluquería

 

Una caricatura escrita por Menkar, usuaria de www.grupobuho.com, que intenta reflejar con humor por lo que algunas mujeres pasan para estar guapas.

Hoy me toca ir a la peluquería. Y no sé por qué digo que me toca… ¡como si fuese la lotería!. ¡Ah!, no, la lotería no me tocará, no; pero la pelu sí, siempre cada tres meses más o menos. Y porque no le hago caso a mi madre, claro, porque si por ella fuera, iría al menos una vez al mes, aunque sería costumbre más sana un día cada semana. Me niego en redondo: ya antes tengo que hacerme un lavado de cerebro para que después me laven la cabeza. Y no es que sea una cochina, eh, que quede claro; pero, jo, me tienen secuestrada allí casi cinco horas. ¿Cómo?. Pues no me lo explico muy bien; pero el caso es que mi reloj no anda mal y eso marca. La verdad es que no creo que yo sea tan fea como para que tenga que pasarme allí tantas horas con el fin de que me dejen bien y, aunque lo sea, sería más cuestión de cirujano, ¿no?. La ventaja de éste es que al menos no te enteras, si te ponen anestesia. Ahora que lo pienso sería cosa de plantearlo: anestesia local, para quienes tardan entre una y dos horas, y general, para el resto. Tengo que confesar que doy cabezadas, con la consiguiente desesperación de mi querida peluquera, quien tiene que hacer algún que otro malabarismo al ritmo que marque mi cabeza: a la derecha, a la izquierda, adelante, atrás,.. Vaya, que ni Barrio Sésamo.


El caso es que ya estoy sentada toda mona con una bata azul claro y unos algodones mezclados con papel de aluminio y una pasta color lila, además de una especie de infame babero- peinador para no mancharme. Mejor no me miro al espejo que tengo enfrente y que, para mayor recochineo, es enorme. Prefiero observar a las otras clientas, porque hombres hoy no hay ninguno afortunadamente. Me parece a mí que, en lugar del matrimonio, esto sí sería el remedio contra la concupiscencia. Veamos:
A mi lado está una señora de unos cincuenta años, que parece una coliflor con un montón de rulos enroscados en el pelo. Muy seria ella, ojea una revista del corazón como si estuviese leyendo La crítica de la razón pura de Kant.
Atrás veo reflejado en el h..p de espejo el lava-cabezas, en donde otra mujer, cuya edad no logro imaginar, parece que está en éxtasis o en pleno desmayo con la boca abierta, enseñando todos sus empastes. ¿Se habrá quedado dormida a pesar de la postura?, porque mira que se clava en el cuello esa máquina de tortura, en la que se supone te dejan el cabello limpio, hidratado y no sé cuántos calificativos más. Y encima hay quien dice: porque tú lo vales.
Ahora se acerca una chica joven, de unos dieciocho años. A ésta sí que le gusta contemplarse y eso que parece que acaba de meter los dedos en un enchufe, pues trae los pelos de punta y de color rojo. Para gustos…
¡Uy!, una mujer con bigote verde. Le lloran los ojos. No me extraña; más bien sería para caer en un llanto incontrolable.
Ya vienen a por mí. No sé si gritar socorro o salir corriendo. Creo que me confundí de lugar y que esto es un psiquiátrico.

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